La dieta de los seres humanos debe proporcionarnos todos los nutrientes que nos ayuden a mantener una buena salud; sin embargo, la vida actual, las culturas, la falta de tiempo o incluso los gustos en comida han provocado que la alimentación aporte una dieta deficiente, que ocasione enfermedades por deficiencia de vitaminas y minerales.
El concepto de alimentos enriquecidos surgió en Japón en la década de 1980 como medida preventiva para el control de los gastos de salud pública en personas de la tercera edad, ya que las autoridades sanitarias se percataron de que al incrementar la esperanza de vida, también había que mejorar la calidad de vida. Por ello se introdujeron los alimentos fortificados o funcionales, que reducen el riesgo de contraer enfermedades y mejoran la salud.
En Europa, a mediados de 1980 se empezó a trabajar en estos alimentos, y los expertos en el tema comenzaron a reemplazar el concepto de “nutrición adecuada” por nutrición óptima, considerando que los alimentos mejoran la salud humana, reducen el riesgo de desarrollar enfermedades crónicas y mejorar la calidad de vida de la población.
Los alimentos funcionales son aquellos que promueven una buena salud humana y ayudan a reducir el riesgo de padecer enfermedades ya que su efecto va más allá de la nutrición. En 1993, la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA, por sus siglas en inglés) aprobó la adición de propiedades fortificantes a los alimentos; por ejemplo, el jugo de naranja se fortifica con calcio para favorecer la salud de los huesos.
Además de mejorar las funciones en el organismo, los alimentos funcionales ayudan a compensar las dietas desequilibradas por el estilo de vida, preferencias alimentarias, deficiencias nutricionales, intolerancia a alimentos, enfermedades como la diabetes, o etapas de la vida como la primera infancia o la tercera edad. Estos alimentos deben consumirse dentro de una dieta balanceada y saludable, en cantidades en las que suelen consumirse otros alimentos.
En esta categoría encontramos a los alimentos naturales que de origen vegetal, cuyas sustancias benéficas se llaman fitoquímicos y se encuentran en:
Estos son solo algunos ejemplos, ya que hay más, prácticamente todas las verduras, vegetales de hoja verde y frutas; también hay alimentos funcionales de origen animal, como los pescados azules, el salmón, entre otros, que son ricos en antioxidantes, omega 3, 6 y 9, proteínas, aminoácidos y más nutrientes.
Son alimentos enriquecidos, cuyas funciones naturales son modificadas con componentes sintéticos para añadirles propiedades; por ejemplo, los refrescos y mermeladas light, en los que se reemplaza un componente por otro (azúcar por edulcorantes) para que su consumo no añada el riesgo de sobrepeso y obesidad.
Otros alimentos funcionales procesados eliminan componentes del alimento natural, como leche desnatada, pan sin gluten, salsas bajas en sodio; o bien, se enriquecen con algún componente como las leches fortificadas con calcio, los jugos con vitamina C, o los cereales con ácido fólico.
En general, los alimentos funcionales deben poder ser de consumo cotidiano sin que representen un daño para la salud; por el contrario, aportan propiedades nutritivas y benéficas mejoran las funciones o procesos del organismo y son buenos para la salud.
Agregando ciertos componentes que aumentan las propiedades nutritivas naturales de los alimentos; por ejemplo, en muchas etiquetas vemos que el alimento fue enriquecido con minerales, calcio, vitaminas o hierro, que son difíciles de obtener, por lo que son alimentos que están suplementados para elevar las propiedades nutritivas.
Los grupos poblacionales que más beneficios obtienen de los alimentos funcionales son:
Además de todos los mencionados, podemos destacar la sal yodada, las margarinas con fitoesteroles, o los alimentos con probióticos que se encuentran en fermentaciones como quesos, yogures, kéfir, miso, entre otros.
Los alimentos funcionales no son suplementos, ni se administran en forma de cápsulas o comprimidos, pero sí son fuente de nutrientes esenciales para la vida humana y, en porciones adecuadas, son complemento de la alimentación balanceada para enriquecer el menú de la vida cotidiana.
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